Al celebrarse meses atrás un nuevo aniversario de la caída del Muro de Berlín, nos hemos sugerentemente olvidado, acaso producto de las obviedades, los silencios inducidos y los estímulos de la realpolitik, de ese otro que transfigura el rostro de Jerusalén y de buena parte del territorio palestino.
Jerusalén, la ciudad sagrada para las tres grandes religiones monoteístas del planeta, y que tantas luchas y sangre han marcado su historia, ahora sufre una cicatriz de hormigón y alambrados de 413 kilómetros de extensión, que desde su suelo se levanta hacia el cielo.
El 85% de su trazado discurre por el territorio ocupado de Palestina, lo que en los hechos supone la apropiación del 9,5% de su territorio por parte del Estado constructor. Tanto es así que atraviesa 171 pueblos o ciudades de Cisjordania; ha desplazado a 28.000 personas; ha supuesto la confiscación de 5.000 hectáreas y el aislamiento de otras 27.000.
El muro de la vergüenza comenzó a construirse en el 2002 y dos años más tarde la Corte Internacional de Justicia, con sede en La Haya, dictaminó su ilegalidad al señalar expresamente que "La construcción del muro viola las obligaciones de Israel a tenor de la ley internacional... Israel tiene la obligación de detener su construcción y derribar las partes ya levantadas en los territorios ocupados...".
Pese a ello, apenas ha habido alguna presión política o diplomática para frenar una obra que provoca un severo impacto en la vida cotidiana de decenas de miles de palestinos.
Las autoridades israelíes alegan que razones de seguridad, tales como impedir ataques terroristas, constituyen el único motivo para construir esta barrera que recorrerá 709 kilómetros cuando esté concluida. Pocos son los expertos que dan veracidad a que ése sea en realidad el único y principal argumento. Por el contrario, advierten la presencia de inequívocas razones de control territorial a través de la ocupación efectiva, propia de un plan tradicional de despojo colonial.
Al respecto, vale recordar que existen tres grandes bloques de colonias que son auténticas ciudades en donde residen miles de personas, los que serán anexados a territorio israelí según el trazado del muro rediseñado cuatro veces por los sucesivos gobiernos. Lo que evidencia que la enorme barrera y los alambrados pretenden también dibujar la frontera que Israel desea imponer a base de hechos consumados.
Al muro de nueve metros de altura alrededor de ciudades como Belén, Tulkarem o Kalkilia se suman los 600 obstáculos a la libre circulación que salpican Cisjordania. Las dificultades para acudir a hospitales, colegios y universidades separados de los pueblos o ciudades donde viven sus pacientes o estudiantes representan algo que suele soslayarse con facilidad.
Slavoj Zizek, doctor en Filosofía y en Artes por el Instituto de Estudios Sociales en Liubliana, Eslovenia, se pregunta en términos incisivos cuál podría ser hoy en día el acto verdaderamente radical en términos ético políticos en Oriente Próximo. Y contesta que, para israelíes y árabes, un acto de tal magnitud sería la renuncia política al control de Jerusalén, esto es, aprobar la transformación de la ciudad vieja en un enclave extraestatal de culto religioso controlado temporalmente por alguna fuerza neutral internacional.
Lo que ambos lados deberían aceptar entonces es que, renunciando al control político de Jerusalén, no están renunciando a nada, sino que están obteniendo su conversión en un lugar sagrado auténtico, ajeno a lo político.
Lo que podrían perder es precisamente lo que en sí mismo merece ser perdido: la reducción de la religión a una baza más en el juego del poder político. Esto podría ser un auténtico acontecimiento en Oriente Próximo, la explosión de una universalidad política verdaderamente en el sentido paulino de "para nosotros no hay judíos ni palestinos".
Afirma Zizek que judíos y palestinos comparten el hecho de que la existencia en la diáspora forma parte de sus vidas, de su auténtica identidad. ¿Y si se uniesen en este aspecto, no en cuanto a la ocupación, posesión o división del mismo territorio, sino manteniendo su territorio compartido como un refugio para los condenados a vagar? ¿Y si Jerusalén no se convirtiera en su lugar, sino en un sitio destinado a los que carecen de espacio?
Esta solidaridad compartida sería el único terreno para la auténtica reconciliación: así se comprendería que, al luchar con el otro, uno lucha contra lo que es más vulnerable en la propia vida.+ (PE)
Martín Lozada
Juez Penal. Catedrático Unesco en Derechos Humanos, Paz y Democracia por la Universidad de Utrecht, Países Bajos.
